LA NATURALEZA ES UN LIBRO QUE ESTÁ DISPUESTO A SER CONOCIDO




La gallina tiene parientes lejanos ya fallecidos: los dinosaurios. Pero otras de las aves de hoy tienen un primo poco reconocido: el cocodrilo.

Dos datos del más extenso estudio sobre estos animales, que logró rastrear sus orígenes gracias al estudio de más de 14.000 genes de cada una de las 45 especies de aves de todos los órdenes involucradas en el análisis.

Presentados en 28 artículos al tiempo, en conjunto los estudios revelan que las aves tuvieron su propio Big Bang, uno tan extraordinario como el que dio origen al universo.

En solo 15 millones de años, hace 65 a 50 millones de años evolucionaron de tal manera tras la extinción masiva que acabo con los dinosaurios, que unos pocos linajes sobrevivientes dieron paso a las 10.000 especies de las llamadas neoaves que comprenden 95 por ciento de las especies de aves que viven hoy, menos aquellas no voladoras como el emu y el avestruz, tampoco la gallina, el pato y el búho.

Una evolución que floreció entre 10 a 80 millones de años antes de lo que creía la ciencia.

Los estudios determinaron además cuándo perdieron los dientes y hallaron una sorprendente relación entre la evolución del canto y el habla en los humanos.

El avance en el conocimiento de estas criaturas, cuyo origen no era bien conocido, se logró gracias al Consorcio de la Filogenómica Aviar y fue publicado en Science y otras revistas especializadas.

Detalles

Los resultados, tomados en conjunto, revelan cómo algunas de las ramas del árbol de la familia aviar divergió, permitiendo responder preguntas sobre el ancestro común de las aves, los cocodrilos y los dinosaurios. Se pudo determinar que el ancestro común más antiguo de las aves terrestres, que incluyen las loras y las canoras, así como los halcones y las águilas, fue uno de los llamados superdepredadores, esos que están en el top de la cadena alimenticia.

Las primeras neoaves en cambiar de piel fueron los ancestros de las palomas, los zambullidores y los flamingos, mientras que el aprendizaje vocal pudo evolucionar de manera independiente en los ancestros de los loros, colibríes y las canoras.

Robert Meredith y Mark Springer pudieron precisar que las aves perdieron los dientes hace cerca de 116 millones de años, cuando un ancestro común desactivó en un corto tiempo cinco genes relacionados con esas estructuras.

Las avestruces y martinetas o tinamúes se encuentran en el brazo más antiguo del nuevo árbol, siguiendo las gallinas, los patos y los pavos.

Un solo rasgo, el patrón de los cromosomas, dice que las gallinas son más similares a los dinosaurios que a cualquiera otra ave incluida en la investigación.

También se precisó que el reptil actual más emparentado con las aves es el cocodrilo.

Para sorpresa, el estudio encabezado por Erich Jarvis, de Duke, halló que el circuito cerebral especializado en el aprendizaje del canto en aves y las regiones del cerebro humano relacionadas con el habla presentan cambios convergentes en más de 50 genes.

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